martes, 29 de abril de 2008

Cómo te extraño

¿Saben? Lo malo de estar solo es que lo único que tienes para entretenerte son los recuerdos. Uno va en el Metro o en el pesero o en la calle, recuerda algo que ocurrió en la secundaria y todos lo miran como si fuera una curiosidad, ya que se sonríe o suelta de plano una carcajada.

Y luego debes recurrir a lo que solías escribir hace seis años y recuerdas y recuerdas y te arrepientes tanto de no haber hecho lo que en ese entonces ni te llamaba la atención. Escuchas la canción que en cada fiesta organizada por tu escuela pasaban: te recuerda con quién bailaste, cómo bailaste, quién te miraba, qué llevabas puesto; recuerdas por quién lloraste en esa fiesta (aunque probablemente varíe el susodicho de fiesta en fiesta), recuerdas quién se veía mejor que tú, porque aquéllas eran las únicas oportunidades que tenías para demostrar que no te faltaba el sentido del estilo... ¡vaya!

Esa canción que escuchas ahora y que te ha llevado al pasado, esa canción... no puedes creer que realmente te pueda recordar tanto, la canción es malísima y pertenece a un grupo que ya nadie recuerda o que sólo pasan en el 88.1 o en alguna de esas estaciones (no demerito ninguna canción, lo juro). Y de pronto te das cuenta de que ya no la estás tarareando nada más, demonios, la estás cantando, porque, te la sabes de pe a pa, porque recuerdas que, en ese entonces, en realidad te gustaba... ¡Bueno, ya! Nada de malo tiene aceptar que aún te agrada.

OH! ¡Los dramas! ¡Sí, esos que por televisión en exceso nos hacían fantasear! El día que por vez primera tus padres te permitieron salir de paseo con tus amigas un sábado hasta las cuatro!!! Ahora sabes que no sólo tú cambiaste durante estos seis años, sino ellos también.

Los buenos tiempos en que lo de onda era gritar "Uuuuuuuuuuuuuuuuu" y "Eeeeeeeeeeeeee" cuando aquel niño miraba a tu amiga, la más bonita.

Ahh, las niñas que durante un mes te aplicaron la ley del hielo, hablando de lo mal que se veía tu cabello (pero nunca juzgaban tu exposición de historia, porque, simplemente, no les preocupaba).

O verlo. Era como la parte más emocionante de tu día; la razón por la que odiabas el fin de semana y los puentes (aunque, qué bien se sentía ese sufrimiento necio, porque te hacía imaginar cosas y hacía que el verlo de nuevo fuera taaaaaaaaaan placentero); a la expectativa de que siquiera te lanzara una mirada (la cual te era suficiente para tan sólo creer que en realidad le interesabas).

Es también el tiempo en que eran tus padres tus mejores amigos; no conocías la ciudad por ti mismo; te daba miedo perderte al transbordar en el Metro; diez pesos eran tu lunch diario (hoy se van en el transporte de la escuela); la gente no confiaba mucho en ti por ser joven o siquiera te ponía atención.

El tiempo de los mensajes en pedacitos de papel que el profesor de matemáticas confiscaba y que siempre dedicaba tiempo en leer; el tiempo de las circulares, de los dictados, de los reportes de mala conducta, de las suspensiones, de las visitas a la dirección, de las faldas escolares tableadas, de las semanas deportivas, de cuando no te importaba jugar básquetbol, de la cooperativa, del miércoles de ceniza en la capilla más cercana a la escuela, de las bancas asignadas a cada quien, de los libros y cuadernos obligatoriamente forrados del color correspondiente al año escolar.

Y bueno, ¿qué tanto ha cambiado hasta ahora? Muchas cosas, pero otras tantas siguen igual; la mayoría por ti. ¿Por qué ese maldito arraigo a lo ya vivido? Mierda. No lo sé, por aburrimiento, por necedad, por estupidez.

Ya no quiero pensar tanto en ello, sin embargo, lo encuentro difícil, ya que cada lugar que frecuento o posición en que estoy, en todo aquello ya alguna vez estuve y, oh!, nada bueno es tener una memoria como la mía. Todo tiene un significado y una historia para mí. Es triste, pero no tengo otra cosa con qué entretenerme.

Hell.

viernes, 11 de abril de 2008

Al pasar...

Regresaba del estacionamiento hacia el edificio en el que vivo y en eso vi, en la seudomaleza que se encuentra afuera del mismo, como un rostro blanco, unido a un cuerpo bajo que me observaba directamente.

Fue extraño, pero eso vi. Yo iba sola y triste, porque mi hermana venía de malas de recogerme y yo había estado feliz las últimas tres o cuatro horas anteriores...

Saben a qué me recordó aquél rostro que vi en la seudomaleza fuera de mi edificio? Me recordó a aquella cara de conejo o algo que está en uno de los cuartos de la mansión de The Shining, cuando el tipo ya está enloquecido y persigue a su esposa por toda la casa... esa parte es perturbadora, ¿no lo es? No soy fan de Kubrick, y no lo sería de esa película en particular, pero he de aceptar que aquello sí da cosa. O también las caras de conejo y de otra cosa rara en Donnie Darko? También son raras. Bueno, no hace falta decir que esa película es de lo más extraño y de hecho te hace sentir mal, pero mal, como si quisieras volver el estómago, pero no en un sentido en el que la película te haga vomitar precisamente, porque sea horrible o grotesco, sólo te hace sentir así...

Ah , sí, decía... pues fue un malentendido aquello que vi (y con eso de que apenas puedo ver a la distancia sin lentes), porque una vez que ya estaba cerca pude ver que el rostro blanco era una manga corta blanca en la camisa de algún tipo perdido ahí, creo que estaba orinando, pero preferí no certificarme...

Cuatro horas antes había sido medianamente feliz porque fui a ver a uno s tipos hacer música medieval con sólo tres voces, una especie de mandolina (o quizá efectivamente era una mandolina) y un violín. AH! y el instrumento como clave, un arpa romana (así leí que se llama). Fue bello, porque, en realidad no voy a muchos conciertos y, mucho menos, a conciertos de música medieval a un precio muy accesible (veinticinco pesos). Me sorprendió mucho lo que se puede hacer con las simples voces de tres personas (bueno, no son tan simples, claro está, si son profesionales). Lo que pasa es que el lugar en el que estábamos era un salón pequeño de unos 100 metros cuadrados y las voces de aquéllos, cuando solas, bastaban para dominar tan pequeño espacio! No lo sé, quizá no sea para sorprenderse tanto, es sólo que me pareció bello.

El problema es que a mi lado había un tipo que se movía y se movía y se movía y yo al principio pensé que quizá estaba muy conmovido por la música; luego inferí con certeza que el tipo estaba haciendo tiempo para ver a su chica/o dos horas después y que en aquellos momentos se preguntaba qué demonios hacía metido en una sala donde la música que esos tipos tocaban apenas lo mantenían despierto. Creo que sí le gustó al final, quizá hizo la elección correcta después de todo, porque cuando los muchachos terminaron, gritó "¡BRAVO!" y aplaudió como mono.

Después tomé una bebida refrescante y un helado. Luego vino lo malo de la noche y ahora estoy aquí.

1. Mi hermana de malas (no que yo nunca lo esté y sobre todo con mi familia, lo cual no es su culpa, pero esta noche había sido plácida, demonios)

2. Una propuesta mía de trabajo escolar había sido rechazada. Y de verdad me había entusiasmado, ya que creía que era original. Más bien, lo es, sólo que no es lo que el profesor buscaba. Triste.

Sin embargo, Lidia y yo bebemos café en lo que me pasa unas fotos. Tuvimos una sesión de fotos el día de ayer... que se supone que fue jueves.

Gracias.

Gracias a todos los que hacen esto posible.

A los electricistas, a los que hacen computadoras, a los que hacen teclados, a los que inventaron el Internet, a los que inventaron los focos, a los que hicieron el foco que alumbra el estudio en el que me encuentro, a los que hicieron el sillón de cuero sintético en el que estoy sentada, a mi madre que me dio la vida, a mi padre también, a mi hermana, que seguramente me hablará en una semana, y a ti! PFFFFF

Saludosss

lunes, 31 de marzo de 2008

Fue en un café é é

Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy

Deseo tanto comer en algún restaurante donde las mesas sean pequeñas, con manteles a cuadros blancos y rojos y sillas cuyo respaldo sea de ese alambre que se ondula formando una especie de alitas en la punta.

Las mesitas deberán estar no sólo dentro del establecimiento, también fuera, porque será à la Paris como yo quiero comer y cenar. Y el tronco y las ramas de los árboles deberán ser soporte de una serie de luces entubada en plástico traslúcido, para que en la noche nos ilumine los rostros tiernamente y no se tornen rojos o azules.

Que la calle sobre la que se encuentre el lugar sea empedrada y que no pasen autos. Quizá uno o dos en cinco minutos estará bien, sólo que no quiero que el ruido moleste, ni que se note que el propietario del auto no lo ha verificado aún. Pero deberá pasar mucha gente en bicicletas que tengan canastas al frente, donde lleven cilantro, manzanas, peras, botes de leche y manteca.

Quiero que el menú esté bien provisionado con muchos platillos que contengan pasta. No quiero que sean platillos comunes: nada de a la Pomodoro o Alfredo o a los n quesos. Aunque sí deben incluir queso varios de ellos. Con gran variedad de vinos chilenos y pocos franceses (para que se acaben y deban consumirse los otros). Con café americano, cappuccino, expresso, de olla, latte, chocolate y otros que sean servidos con algún sabor extra que NO provenga de algún jarabe saborizante, cómo-los-odio-pero-es-difícil-encontrar-quien-te-lo-sirva-sin-aquél.

Con postres raros y deliciosos como aquél que vi que comían en la película Los Infiltrados, que era un pastel de chocolate muy extraño que no podré describir, aunque no es nada del otro mundo, a decir verdad (aunque en realidad no se ven muchos pasteles así con frecuencia). O aquel otro que para mí sí es una rareza porque sólo una vez en mi vida lo he comido (en los Girasoles) y ya no me acuerdo cómo sabía, pero supongo que sabía muy bien: era un pastel de rosas y, sí, las rosas eran comestibles. O como aquél otro que oh, me arrepiento de no haberlo pedido para llevar. Fue hace seis años, mi hermana cumplía diecinueve y pedimos una tarta de manzana de la cual apenas comí, pues ya estaba llena, pero entonces, ni siquiera me sorprendió, nada de nada, sólo nos fuimos dejando como la tercera parte (supongo; ahora que lo escribo, he olvidado cuánto quedaba) y sólo, algunos meses después, caí en la cuenta que el postre aquella vez sabía a gloria y me di cuenta que pensaría en ese error el resto de mi vida, porque, aún sigo pensando en él.

Que haya música hermosa, no sé qué música, sólo que sea tranquila y bella. Que no haya quien toque piezas, ya que son molestos al no permitir a uno tener una conversación normal y audible con otro. Además, su presencia estática y prolongada me pone de nervios.

Que adornen las mesitas floreros anticuados que contengan flores que los pretendientes daban a las señoritas cuando las invitaban a salir, junto con el chaperón que no se iba a menos de que éste fuera ubicado, hacía cincuenta años. Sesenta.

Que las tazas, todas de porcelana, sean pequeñas, redondas, sin dibujitos chinos o de cualquier otra cosa que distraiga la atención. Y que siempre estén acompañadas por su respectivo platito con círculo en medio.

Que, para el caso del americano, NO den sustituto de crema en polvo; que incluyan un pequeño recipiente con leche entera. Que el pan que ofrezcan al principio sea suave, blanco y rebanado proporcionalmente. Que la mantequilla y la mermelada que lo acompaña NO venga en paquetitos; que estén servidas en discretos platitos hondos que hagan ver el conjunto apetitoso.

Que te ofrezca un menú con los libros que presten en tu estadía (no sé si esta palabra existe), para que cuando vaya sola me entretenga si es que yo no llevo uno mío. En este caso, muy probablemente preferiría comer dentro del lugar que afueeeeeeeeeeeeeeeeera.

Que el menú del día sea escrito en un pizarrón verde mediano con gises de muchos colores.

Finalmente, quiero que sea un lugar accesible, es decir, barato y que tenga un nombre como Café Gatolote o Café el Pardo Viejo.

Si conocen uno así, llámenme. A ver si vamos; o a ver si vamos, amiga.

(Aviso: aquello del menú de libros me pareció una gran idea, así que no se les ocurra robármela para cualquier fin... confío en ustedes)

viernes, 15 de febrero de 2008

Amo a To Matarilerileró

No tengo mucho que decir. Casi nunca tengo algo que decir, pero me esforzaré esta vez.

¿Amar o no amar? Ésa es la cuestión.

Mi hermana repite mucho una frase de no sé qué película española o algo, que dice más o menos así: "Amar demasiado es casi tan malo como no amar" Bueno, muchos pensamientos fluyen al hablar de algo como el amor. No sé, no tengo idea: si en verdad valen la pena los dolores de cabeza, las lágrimas, los celos, las idas, las venidas...

Si llego a amar, al parecer, en algún momento sufriré una decepción; me herirán o heriré y, probablemente, ni una ni la otra me sea conveniente. Si llego a amar, experimentaré aquello que hace esta vida soportable y, además, me la pasaré bien. Si amo, podré acudir a la ayuda de la otra persona cuyo brazo me cobijará cuando se muera mi mascota (no que yoo tenga) o podré sentirme segura en la calle cada que no me guste cómo me vea o algo, por el simple hecho de estar acompañada por alguien a quien honestamente no le interesa si me veo bien o mal, sino si me siento bien o mal (finalmente, busco esa compañía para sentirme alegre). Si amo en verdad y me aman también, entonces habré vivido una vida común y una muerte, igualmente, común. Entonces, la pregunta es ¿debo amar para realmente validar mi existencia? Porque parece que amar es tan vital o tan inherente al hombre como lo es el simple acto de respirar. Pero, de verdad, si alguien que ha amado tiene el mismo destino (la muerte) que una persona que no ha amado, entonces ¿es realmente importante amar?

Si aún no he amado o no amo, ¿seré, entonces, autosuficiente o, por el contrario, molto deficiente en mis relaciones interpersonales? Bueno, por deducción, una persona no puede ser autosuficiente (a menos que sea un ermitaño en alguna isla con una palmera que produzca cocos, de modo que el susodicho mantenga una existencia, si bien austera, efectiva), por lo que eso nos deja desafortunadamente con la otra triste explicación.

No sé qué decir al respecto, aunque, ahora que lo pienso, probablemente sí sea ése el problema, ya que, cuando observo a las parejas, de veras intento pensar un poco en cómo funciona esa conexión, vinculación -ni siquiera sé cómo llamarla- entre dos personas. ¿Cómo se logra tener ojos para una persona y concebirla como lo bello, como lo único que podría hacer sentir al otro que las cosas van bien, y hacerlo sonreir de vez en cuando cuando aquél o aquélla está ausente, porque se recuerda que uno tiene a quien besar, abrazar y querer?

Ni siquiera sé qué estoy diciendo.

El caso es que, bueno, reflexionando los pros de una vida sin amor, pues creo que todo se reduce a esto: el que no ama, tiene la fortuna de no sufrir. La verdad suena bastante convincente y, lamentablemente, no puedo decir que "tentador", puesto que una persona no decide no amar o amar, o quizá sí, aunque, no lo sé, quizá todo dependa de las circunstancias y del carácter de la persona. Pero, regresando a la solución inferida del desamor, creo que no amar nos ofrece esa gran posibilidad de ir, vagar por la vida sin sufrimiento, sin preocupaciones, sin vínculos reales hacia las personas, sin sentimientos regulares, y, obviamente y sé que va a sonar pretensioso y estúpido, pero, no amar nos exenta de experimentar amor (con lo cual complico gravemente las cosas, ya que ni siquiera he dado mi definición de amor, pero no lo haré, no podría, además de que no sabría con qué terminos hacerlo).

Alguien que no ama, no experimenta, no sufre, no siente... es casi como librarse de las futiles pasiones humanas; y suena liberador, pero, a la vez, vacío.

¿Cuál es la resolución a todo esto? ¿Amar? Es casi absurdo que, en un mundo donde hay unas cien opciones para moldear cada aspecto de nuestra vida, ésta que se dice que es quizá la decisión más importante para el ser humano, sólo tenga dos salidas... amar o no amar.

Bueno, ya que por este lado la estrechez de las opciones nos obliga a doblegarnos exclusivamente a una y no podemos realmente decidir, entonces, sería conveniente reformular la pregunta: ¿Amar/no amar nos proporciona felicidad? Si es así, sí, sé que sigue siendo una cuestión cuyos límites están tajantemente divididos, pero la pregunta aún así, es más abierta, según yo. Ya no es 'amas o no amas y te aguantas'. Esta segunda pregunta, primero, te cuestiona si realmente estás interesado en amar y, si es o no así, quizá entonces implícitamente entiendes lo que conlleva, cualquiera que haya sido tu resolución.

Sé que quizá no estoy llegando a ningún lado, y de verdad, no estoy tratando de ser poética ni nada--- y tampoco tiene que ver con el hecho de que ayer fue día del amor ni nada. aunque sí tiene que ver con otro evento ocurrido estos dos días pasados.

¿Saben qué -pocos y amables lectores-? Ya no quiero decir más, sólo que, amen o no, llegaremos todos al mismo lugar. Aunque sí creo que siempre será mejor sentir, aun si es algo desagradable, a no sentir nada... llega a ser exasperante, aunque, al final, de tanto no sentir, se desarrolla otro sentimiento, algo así como anhelo, y pues esa nada se siente de alguna manera, parece.

Pues bueno, ahora sí ya no sé cómo acabar siquiera. Pásenla bien.

Para mi amiga, la de las bellas mejillas.

jueves, 3 de enero de 2008

Animal al volante

A que no se han fijado bien en los puentes de las calles de la Ciudad de México. No, no en su verdoso o amarillento color o en el hecho de que apenas algunas personas parecen saber cuál es su función (digo, si nadie quiere usarlos, ¿por qué no permitimos a nuestros gobernantes locales sí agenciarse el dinero que se ocupa en su construcción y nosotros dejamos de molestarnos y de quejarnos).

Ya ni sé si debo decir que resulta extraño o, por el contrario, natural o simplemente común o normal en esta bonita ciudad (porque a pesar de lo que muchos alegan, México sí es una ciudad muy bonita, aunque haya basura, inundaciones, robo, violencia y corrupción): los puentes en la Ciudad de México, o al menos las partes que están completamente expuestas ya sea a los carriles de los automóviles o que vuelan sobre las vías de alguna línea del metro, como la línea A de la estación Pantitlán a La Paz, están enjauladas. Sí, enjauladas. Y uno simplemente no puede evitar preguntarse "¿Por qué?"

Al menos a mí me vienen varias preguntas a la cabeza...

1. Los puentes enjaulados, ¿se relacionan con los casos de suicidio en la Ciudad? Y si es así,

2. ¿Es de veras muy alto el índice de 'autohomicidio' en nuestra ciudad que es de suma importancia evitar a toda costa cualquier manera posible de suicidio en público? Y, entonces,

3. ¿Son los puentes un método o lugar recurrente en el mundo para tal acto? Lo digo, porque parece que nosotros gustamos de seguir las tendencias sobre todo del país vecino y, tristemente, nos imaginamos que en aquél significa el mundo todo, pero esto es otra cosa... Retornando al tema principal, ¿son, entonces, los puentes muy efectivos para aquello en la Ciudad de México? Y, por último,

4. Quizá esté de más o sea un poco demasiado estúpida o todas las anteriores, pero, ¿a quién se protege en realidad? ¿Al peatón o al usuario del automóvil? No respecto al puente, sino a la mentada jaula. Creo que, definitivamente al segundo, ya que, al primero sólo se le brinda esta protección, o sólo se le insta a no arrojarse, mientras camina a través del puente. No obstante, al llegar a su casa bien puede tomar una navaja y abrirse las venas, atestar su organismo de somníferos o, de hecho, arrojarse a las vías del subterráneo en su estación favorita. Como podemos ver, el peatón suicida tiene a su alcance una extensa gama de opciones, pero el automovilista no.

Digamos que este peatón se lanza: el del auto puede o no frenar, el caso es que, de cualquier modo, el que grite, pite el claxon, o sólo se asuste, en esa fracción de segundo en que el tipo en cuestión cae, el automóvil hará mecánicamente aquello para lo cual fue específicamente diseñado: rodar en línea recta hacia el porvenir... ¿estamos de acuerdo en que el tipo del auto no tuvo la posibilidad de elegir en realidad. No en esa misma diminuta fracción de segundo.

El caso es que yo no sé las cifras del suicidio en la Ciudad de México (ni me ocupé en investigar, pues esto, ya saben, es más bien improvisado) ni sé de los puentes en Alemania, en China o en Sudáfrica. Quizá por allá sean más modernos o más coloridos o más altos o más bajos. O quizá sí sean utilizados por aquél que, para empezar, lo exigió por su seguridad (y para la de aquél que no lo exigió también). O quizá simplemente ni siquiera existan en otras partes del mundo donde el peatón sí tenga prioridad y donde el automovilista sea prudente y no sea tan sólo un animal al volante...

Pues, sólo me queda decir a mis muy pocos lectores Feliz año y agradecerles, una vez más, el tiempo.

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