sábado, 7 de julio de 2007

En la Biblioteca de México, "José Vasconcelos", se está exponiendo hasta el 15 de julio una muestra de fotografías titulada Sobrelalectura. Consiste en la presentación de momentos cotidianos, en su gran mayoría ubicados en la Ciudad de México, que permiten visualizar el acercamiento de gente como tú o como yo, es decir, de gente común, hacia la lectura; nos muestra varias maneras en que éste se da y nos hace imaginar que existen otras 105 millones de formas más en que este hábito, o actividad poco habituada en algunos casos, se manifiesta tan sólo en este país. Basta de formalidades.

Es verdad, la muestra contiene una serie de imágenes en las que se pueden ver personas con distintas disposiciones frente al texto que se encuentran leyendo. Se ven estudiantes con copias fotostáticas para el resumen que deben entregar ya sea en una semana, en dos días o en cinco minutos; obreros, o gente con la finta, "iniciando la Jornada"; tranquilas personalidades comunes de la ciudad en cafetines con un cigarro entre los dedos de la mano derecha y un libro abierto en la otra; secres revisando los archivos que deben estar pasados en limpio para la mañana del día siguiente; hasta chinos leyendo en cafeterías verdes de bebidas caras y de insuficiente calidad. En fin, imágenes captadas sin pretensión que al mismo tiempo que son tan sencillas evocan algo de emoción. Emoción al ver cómo, a través de la fotografía natural -como yo he llamado a la que no implica posiciones predeterminadas (y que finalmente incurren en tal pretensión)-, no sólo el texto o el libro toman su lugar como entidades artísticas, sino también la persona que se adentra en las páginas de un libro se convierte en parte de la obra de arte, incluso, y sólo gracias a las fotografía, es de pronto la obra de arte misma.

Sí, es algo difícil de explicar, por lo que les recomiendo que mejor vayan y la vean por ustedes mismos (todavía no sé ni a quién le estoy escribiendo), ya que no pierden nada; bueno, quizá dos pesos, si viajan en metro; pero dos pesos no es nada si hablamos de cultura.

Y así fue. Al salir de la biblioteca, caminé hacia el mercado de la Ciudadela, lugar que hacía años verdaderamente que no visitaba. En realidad lo tomé como un recorrido por un museo, observando las artesanías que había por todos lados, los mil colores que hasta podías sentir subir a través de tu olfato, las máscaras cornudas que saltaban a la vista, los diablos y esqueletos que colgaban en varios locales. Me detuve en uno grande y observé en los estantes los juguetes típicos de México: los soldados de madera, los trompos hechos con una especie de lámina (¿o son maracas?), las muñecas morenas de muslos gruesos hechas de lo que yo creo que es barro, pequeños alebrijes de colores fosforescentes. Me detuve donde había una caja llena de este juguete que en una esquina tenía una pequeña estampa circular que marcaba '$10'; este juguete de varias tablitas de madera unidas por las bases por dos listones, el cual conforma una especie de ilusión óptica que es posible tocar, ya que al inclinar un poco la primera tablita, la de abajo cae, haciendo que la siguiente caiga y así, pero al final se mantiene íntegra. Pues bien, estas tablitas hicieron efecto en mi memoria, trayendo de ella las imágenes que la relacionan con mi niñez... recordé entonces todo como sabe un algodón de dulce; no es que la tablita me trajera todos mis recuerdos después de que éstos yacieran arrumbados como escombros en algún rincón de mi cerebro, no fue eso. Lo que hicieron estas tablitas fue darles un matiz distinto a esos recuerdos, uno un poco más dulce. Y no me lo aguanté, libremente lo dejé ir, experimenté catarsis en verdad, si saben a lo que me refiero. Seguí caminando por el lugar, creyéndome eso de que estaba en un museo, y llegué a esa explanada al aire cerca de los restaurantes. Me vi otra vez. Después me fui.

Cuando salí de ahí, observé al otro lado de la calle Enrico no sé qué a las muchas personas bailar danzón; a otras, practicar antes del gran baile; a otras, aprenderlo. Había un grupo de gente que se movía como si estuviera en una sesión de aeróbics; quién sabe, quizá es algo que se debe hacer para iniciarse en el arte del danzón, no lo sé. El caso es que me saltó a la mente, al ver que todos se movían sin inhibiciones, sin volver su mirada para verificar que nadie se mofara de ellos, que quizá sólo perdidos entre un grupo de personas que se mueven al compás de un punchis punchis, nos atreveremos a hacer cualquier cosa que solos nos costaría trabajo aceptar que deseamos llevar a cabo. No estoy hablando por todos. No sé por quién hablo, ni para quién...

También me pregunté si yo estaré bailando dentro de 40 años en ese mismo lugar. Puede haber mil y una razones por las que eso pueda o no pasar. Puede que un meteorito de unos diez metros de diametro caiga justo en esa pequeña explanada, lo cual haría desaparecer el lugar de encuentro de al menos unas cien personas con ganas de bailar, aunque bien éstas podrían cruzar la calle y bailar del otro lado, aunque ahora que lo pienso, probablemente ese meteorito, puesto que sería tan pequeño, se desintegraría al entrar en contacto con la atmósfera, porque me parece que allá arriba está a una temperatura muy elevada, así que las probabilidades de que un meteoro de diez metros de diámetro logren entrar en el mundo es de cero.

Bien, tendré que pensar en otra cosa. El otro día soñé que una cosa de grandes magnitudes destruía ese parque asqueroso ubicado en Lindavista, y nosotros nos reíamos y exclamábamos de felicidad. Después tuvimos que seguir huyendo, porque estábamos bajo ataque en nuestra ciudad superdesarrollada, y todo había sido un buen viaje.