lunes, 31 de marzo de 2008

Fue en un café é é

Ayyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyyy

Deseo tanto comer en algún restaurante donde las mesas sean pequeñas, con manteles a cuadros blancos y rojos y sillas cuyo respaldo sea de ese alambre que se ondula formando una especie de alitas en la punta.

Las mesitas deberán estar no sólo dentro del establecimiento, también fuera, porque será à la Paris como yo quiero comer y cenar. Y el tronco y las ramas de los árboles deberán ser soporte de una serie de luces entubada en plástico traslúcido, para que en la noche nos ilumine los rostros tiernamente y no se tornen rojos o azules.

Que la calle sobre la que se encuentre el lugar sea empedrada y que no pasen autos. Quizá uno o dos en cinco minutos estará bien, sólo que no quiero que el ruido moleste, ni que se note que el propietario del auto no lo ha verificado aún. Pero deberá pasar mucha gente en bicicletas que tengan canastas al frente, donde lleven cilantro, manzanas, peras, botes de leche y manteca.

Quiero que el menú esté bien provisionado con muchos platillos que contengan pasta. No quiero que sean platillos comunes: nada de a la Pomodoro o Alfredo o a los n quesos. Aunque sí deben incluir queso varios de ellos. Con gran variedad de vinos chilenos y pocos franceses (para que se acaben y deban consumirse los otros). Con café americano, cappuccino, expresso, de olla, latte, chocolate y otros que sean servidos con algún sabor extra que NO provenga de algún jarabe saborizante, cómo-los-odio-pero-es-difícil-encontrar-quien-te-lo-sirva-sin-aquél.

Con postres raros y deliciosos como aquél que vi que comían en la película Los Infiltrados, que era un pastel de chocolate muy extraño que no podré describir, aunque no es nada del otro mundo, a decir verdad (aunque en realidad no se ven muchos pasteles así con frecuencia). O aquel otro que para mí sí es una rareza porque sólo una vez en mi vida lo he comido (en los Girasoles) y ya no me acuerdo cómo sabía, pero supongo que sabía muy bien: era un pastel de rosas y, sí, las rosas eran comestibles. O como aquél otro que oh, me arrepiento de no haberlo pedido para llevar. Fue hace seis años, mi hermana cumplía diecinueve y pedimos una tarta de manzana de la cual apenas comí, pues ya estaba llena, pero entonces, ni siquiera me sorprendió, nada de nada, sólo nos fuimos dejando como la tercera parte (supongo; ahora que lo escribo, he olvidado cuánto quedaba) y sólo, algunos meses después, caí en la cuenta que el postre aquella vez sabía a gloria y me di cuenta que pensaría en ese error el resto de mi vida, porque, aún sigo pensando en él.

Que haya música hermosa, no sé qué música, sólo que sea tranquila y bella. Que no haya quien toque piezas, ya que son molestos al no permitir a uno tener una conversación normal y audible con otro. Además, su presencia estática y prolongada me pone de nervios.

Que adornen las mesitas floreros anticuados que contengan flores que los pretendientes daban a las señoritas cuando las invitaban a salir, junto con el chaperón que no se iba a menos de que éste fuera ubicado, hacía cincuenta años. Sesenta.

Que las tazas, todas de porcelana, sean pequeñas, redondas, sin dibujitos chinos o de cualquier otra cosa que distraiga la atención. Y que siempre estén acompañadas por su respectivo platito con círculo en medio.

Que, para el caso del americano, NO den sustituto de crema en polvo; que incluyan un pequeño recipiente con leche entera. Que el pan que ofrezcan al principio sea suave, blanco y rebanado proporcionalmente. Que la mantequilla y la mermelada que lo acompaña NO venga en paquetitos; que estén servidas en discretos platitos hondos que hagan ver el conjunto apetitoso.

Que te ofrezca un menú con los libros que presten en tu estadía (no sé si esta palabra existe), para que cuando vaya sola me entretenga si es que yo no llevo uno mío. En este caso, muy probablemente preferiría comer dentro del lugar que afueeeeeeeeeeeeeeeeera.

Que el menú del día sea escrito en un pizarrón verde mediano con gises de muchos colores.

Finalmente, quiero que sea un lugar accesible, es decir, barato y que tenga un nombre como Café Gatolote o Café el Pardo Viejo.

Si conocen uno así, llámenme. A ver si vamos; o a ver si vamos, amiga.

(Aviso: aquello del menú de libros me pareció una gran idea, así que no se les ocurra robármela para cualquier fin... confío en ustedes)