Preludio a esta entrada después de más de un año que no escribo.
Ya sé que es poco probabilísimo que alguien lea, dado que no he escrito, pero en algún momento quizá alguien lea.
No sé qué pasó (bueno, sí), pero hoy, desde mi asiento en el vagón del metro, mientras veía las vías, me entristecí.
El martes en la mañana, en el camino del transborde de la línea 5 a la 3, al llegar al pie de las escaleras para subir al andén, había un grupo de gente que observaba a una señora común y corriente, echada sobre el suelo, con las lágrimas en los ojos, y una notable desesperación. Había un policía también, pero la gente poco educada no se movía, sólo disfrutaba el espectáculo.
Después ya no supe qué fue peor, el hecho de que en pleno sufrimiento era observada, o que el tiempo apremiaba, pues vi que a sus lados había dos niños de uniforme escolar que evidentemente venían con ella y que la observaban también. Peor, no porque sus hijos, o lo que sea que fueran de ella, la miraran llorar también, sino porque quizá a esa mujer le había llegado el momento de desahogarse y, sin embargo, no era el momento indicado: tenía que recobrarse, porque sus niños debían llegar a la escuela.
Como le dije a mi amiga, supongo que muchas cosas se conjugan en esto, la violencia, la crisis económica, los sueños frustrados, quizá tener hijos resultó no ser tan emocionante...
Y así, en el vagón pensé que, en los casos de suicidio en las vías simplemente no se puede colocar una banda amarilla para guardar un poco de respeto por los caídos. No se puede, porque la vida de los otros ocho, nueve o no sé cuantos millones transiten por la ciudad al día, se vería interrumpida y, por tanto, devastada. Lo más que puede ocurrir, uno llega una hora tarde a su destino o gasta más en un taxi o no sé. Uno piensa sólo en uno. El muerto ya ni existe, lo limpiaron de las vías, pero la vida sigue su curso, aunque de un modo tan grosero.
Lástima que haya tenido que ser algo así lo que hoy escribiera.
jueves, 11 de junio de 2009
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